Detrás del Uniforme · 07/07/2026 · A dos voces
Cuando uno es un guerrero, el uniforme se vuelve piel
¿Qué pasa cuando todo se acaba? Eduardo G. Ruiz Murillo & Cris Afonso
EL TESTIMONIO. Por Eduardo G. Ruiz Murillo
Sargento de la unidad ARRO de los Mossos d’Esquadra, Ha entrenado con unidades de élite como el BOPE de Río de Janeiro, la División Especial Halcón de Buenos Aires y equipos SWAT en México. Es Director de Seguridad Privada y perito judicial en el uso de la fuerza, con experiencia docente como monitor de tiro e instructor táctico. Autor de los libros “Un español en el BOPE” y “Diario de un patrulla”, ha sido condecorado por organismos autonómicos y locales en reconocimiento a su labor profesional y a su compromiso con el servicio público.
Lo estoy viviendo ahora mismo, la posibilidad, no tan remota, de tener que abandonar el cuerpo policial en el que sirvo, o de tener que pasar a una segunda actividad, en mi caso por una lesión que no se recupera, por una rodilla que no quiere funcionar después de tantos años de batalla.
Aún soy un guerrero pero veo que todo se acaba.
Y lo peor no es eso, lo peor es ver cómo todo se acaba sin reconocimientos, ni despedidas, ni el ruido de las sirenas que tantas veces hacían correr la adrenalina por mis venas. Y se con certeza del destino que me espera, porque lo he visto en otros compañeros que han tenido lesiones graves, operaciones, enfermedades de varios tipos, y que han dejado el cuerpo policial sin el reconocimiento y el honor debidos.
Ahora que veo esa posibilidad me replanteo como fue el final en el cuerpo policial de muchos amigos y extraigo las siguientes conclusiones:
En primer lugar, la frialdad de la maquinaria institucional destruye el alma del policía retirado. La policía y el ejército son instituciones masivas y jerárquicas y están diseñadas para continuar operando sin importar quién se vaya. Cuando un hombre entrega más de 28 años (es mi caso) —literalmente su juventud, su salud y gran parte de su vida— al servicio público, espera inconscientemente que la despedida esté a la altura del sacrificio. Pero a menudo, el retiro llega en forma de un documento, una firma en una oficina fría, o un simple “gracias por sus servicios”. Esa falta de “sirenas sonando” se siente como una bofetada a la lealtad de la institución.
En segundo lugar, lo que llamo síndrome del “guerrero olvidado”: Un guerrero que siente “como si todo no hubiera sido suficiente”. Es el sentimiento de haber dado la vida por una sociedad que muchas veces no lo agradece, y por una institución que pasa la página rápido sin mirar atrás, colocando nuevas promociones de policías para substituir a los viejos uniformados. He visto a muchos amigos sentir la decepción, cuando el final no tiene la épica, ni el reconocimiento que el corazón del soldado sabe que se ganó. De estar rodeado de compañeros, de ciudadanos, de delincuentes, a la soledad del hogar, y de las cuatro paredes que pueden llegar a ser letales. Esa pensamiento recurrente de ¿Qué hice mal? ¿Qué debí hacer? para que se olviden de mí sin más.
En tercer y último lugar, la difícil desconexión del servicio y “de la adicción a la calle”. Durante todos los años de servicio el cuerpo y mente de un policía se adapta a vivir en modo “supervivencia”, con la sensación de hipervigilancia, el “chute diario de adrenalina”, la pertenencia al grupo, y el peso de la responsabilidad sobre la vida de otros. Apagar ese interruptor de golpe, genera un “bajón” químico y emocional, en el cerebro, que afecta directamente a cuerpo, alma y mente. El silencio del retiro, al principio, no se siente como paz; se siente como vacío, y eso puede llegar a romperte por dentro.
Finalmente se que “Cuando uno es un guerrero, el uniforme se vuelve piel”, y dejar el uniforme pesa, y pesa mucho, cuando la mayor parte de tu vida has tenido el honor de ponerte el uniforme y sentirlo como parte de ti. Y este fin que puede ser adelantado para unos, nos llega a todos, todos llegaremos al día de la jubilación, en el que tendremos que dejar el arma y la placa. La gran pregunta es ¿Qué hacer después? ¿Qué nos queda? y como exponía, la queridísima psicóloga Cris Afonso ¿Quiénes somos al colgar las botas?
¿Cómo un guerrero puede afrontar dejar de guerrear? Cuando encuentre la respuesta se la haré llegar queridos lectores.
“Fuerza y Honor Siempre” ARRO.01 OP.Ruiz
LA RÉPLICA. Por Cris Afonso
Amigo, gracias por estas palabras que sostienen tanta verdad y valor.
Dices “cuando uno es un guerrero, el uniforme se vuelve piel”. Te lo compro entero. Y por eso mismo quiero llevarte la contraria en un solo punto: la piel se puede mudar. Duele, escuece, deja marca. Pero no te mata. Lo que sí puede hacerte daño es creer que debajo de esa piel no hay nada más. Que si te quitas el uniforme, desapareces.
Veintiocho años viviendo con el interruptor encendido, con la adrenalina como combustible diario, entrenan a un cuerpo entero para la amenaza constante. Apagarlo de golpe, no trae la calma. Llega el mono. Literal, como le pasa a cualquiera al que de repente le retiran algo que llevaba años recibiendo cada día. No es un fallo de carácter tuyo. Es la calle pidiendo que se la devuelvas.
Y ahí está el peligro real, el que no se cuenta en las charlas de despedida: ese bajón no llega rodeado de compañeros, llega en el salón de casa, a solas, justo cuando el ruido de fuera desaparece y el de dentro se hace insoportable. Por eso el silencio institucional no es solo una falta de gratitud. Es un factor de riesgo. Lo digo así, sin anestesia.
Me preguntas quiénes somos al colgar las botas. No tengo una respuesta bonita, tengo una honesta: Eres lo que eras antes de ponerte el uniforme, más todo lo que te ha enseñado llevarlo. Esa parte no se ha ido a ningún sitio. Solo lleva mucho tiempo esperando turno.
La institución no te va a dar el cierre que mereces, por la dedicación, la valentía y por haberte dejado esa piel en cada intervención, anteponiendo tu vida ante personas que ni siquiera saben tu nombre. eso ya lo sabes por experiencia.
Queda una opción: crear un ritual de despedida, con aquellos que han sido tu familia elegida, tus compañeros. esos que han sido tu sombra y tus ojos. Cuelgas las botas pero no dejarás de velar por ellos y de seguir aportando valor, fuerza y honor desde otro ángulo.
Cuando encuentres tu respuesta a cómo afronta un guerrero dejar de guerrear, cuéntamela querido amigo, mientras tanto, sigo aquí, al otro lado del uniforme, ocupándome de que ese uniforme y esas botas que cuelgas no tengan grietas. Un abrazo.
"Si vis pacem, para bellum" PSICO.Cris
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Cris Afonso · Psicóloga especializada en gestión emocional para cuerpos policiales
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